Antes del amanecer
Me gusta escribir muy temprano, antes de que amanezca. La luz tenue y el silencio envuelven mi estudio de calma. El reloj que aguarda sobre el cielo se mantendrá en reposo un poco más, mientras la ciudad duerme de lejos.
Pienso en palabras de Monet que fueron dichas sobre la luz, sobre el detalle, sobre la importancia de reflejar el instante más allá de la imagen completa. El arte no solo es para ser visto, sino también para ser sentido.
Me lo llevo a la escritura convencida, buscando esas escenas en las que parece que no sucede nada y en las que sin embargo te pararías una eternidad. Escribir es un bálsamo para el escritor cuando hallas esa escena que te ayuda a observar la belleza desde otro plano, como permitiéndote subir un peldaño más arriba. Las palabras son como tinta transparente para componer, hilos de luz y alma que hay que adivinar, para poder dibujar aquello que te ayuda a vislumbrar esa idea desbaratada y poética. Dijo Marguerite Duras: La escritura llega como el viento. Está desnuda. O: Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos.
Al escribir, bien seas pintor y pintes, o músico y compongas, al crear, estás construyendo una escena que no puede representar todo. Eliges un momento, la poesía, y sencillamente lo muestras para que los demás puedan verlo como tú. Esas pequeñas cosas que inmortalizar. Pase el tiempo que pase, sientes que merece la pena que en algún momento vuelvan a estar presentes. Para mí escribir es creer en lo perpetuo, en lo atemporal: contemplarlo aquí y a la vez admirarlo en el mañana.